Recuerdos desde el Zaguán

Me considero un nómada. Es lo que he sido toda mi ya larga vida. He vagado por el mundo, por el mundo árabe sobre todo, desarraigado a veces, anclado en y a la búsqueda de mi propia identidad.

Por todo ello, he viajado mucho, he visto muchas lunas, muchos soles; he palpado mucha gente y todavía sigo expectante.

Me he visto obligado a huir de dondequiera me he establecido y he apartado de mi todas las certezas que me habían enseñado. Quizá el sentido de la vida no sea olvidar los golpes que nos ha dado; el secreto no es olvidarlos, sino incorporarlos a nuestros recuerdos. Esos recuerdos nos transmiten nuevas maneras de ver, nuevos modos de mirar a las personas, la historia, etc…

Porque, la Historia y las historias, la tuya y la mía, la de todos, son como un tejido que sale de las manos de tantos artesanos y artesanas humildes y sencillos que he conocido y que nadie mejor que ellos saben que la obra perfecta consiste en saber entretejer todos los hilos, en combinar todos los colores a la perfección para que la obra final sea una pieza de arte, una manifestación creativa en toda su pureza, un granito de historia.

Esta idea me da pié a pensar que aquí todos somos distintos, todos estamos “juntados” para tejer y construir un espacio común de solidaridad y de libertad.

Desde el zaguán de nuestra casa, al que apenas entran los rayos de luz que la parra deja pasar, me vienen a la mente una frase de un mediterráneo, Seferis, poeta griego y Premio Nobel de Literatura de 1963, que dice “sólo el arte puede redimirnos, siempre y cuando podamos refugiarnos en él”.

Porque el arte, la creatividad, manifiestan una manera de ser, una manera de vivir, de pensar sobre la vida, de percibirla de concebir, en definitiva, la propia vida.

Vienen a cuento estas palabras porque, desde la lejanía de los años ochenta, mis recuerdos son para muchos jóvenes pintores árabes que por aquel entonces estudiaban en Madrid y comenzaban ya a despuntar artísticamente. Hoy, algunos de ellos como Rachid Diyab o Qadhim Shamhout, enhtre otros, son figuras de notable prestigio.

En el recuerdo que tengo de aquella época, muchos de ellos parecían haber nacido con el arte, con el color, con la luminosidad, con el pincel en la mano, reflejando lo que, en mi opinión, les distinguía : su pasión por las culturas de sus países, por sus costumbres y tradiciones, por su “descripción” de la naturaleza y la integración del hombre en ella como elemento esencial de sus obras, plasmando en sus lienzos no sólo “la flor” sino sus raíces.

[ Rachid Diab ]

Estos pintores no sólo nos traen reflexiones abstractas sobre su realidad sino sobre todo una manera de sentir, un modo de vivir y de plasmar la vivencia estética y sus experiencias personales, su apego a su mundo y a sus gentes, su fe profunda en que “otro mundo” –el de ellos y el nuestro- es posible.

Tal vez en estos artistas árabes hoy dispersos por el mundo, podamos encontrar lo que creíamos perdido : el renacer de nuestra historia común. La Historia – nuestra historia y nuestras historias, la tuya y la mía – como acertadamente señaló mi admirado Antonio Gala cuando era presidente de la Asociación de Amistad Hispano-Árabe y con quien tuve el inmenso honor de trabajar varios años, es pendular y no permanece en silencio, ni es una página en blanco. La Historia como fruto de los aportes de todas las civilizaciones, es un conjunto de vivencias y creaciones que el tiempo no debería olvidar.

En el recuerdo que me viene desde el zaguán de nuestra casa observo pasar el tiempo y el transcurrir de tantos recuerdos, creaciones y emociones y sobre todo vivencias que todavía perduran en mi mente y corazón como una fuerza evocadora que zarandea mis ojos y me hace sentir y recordar tantas historias, bellas y trágicas, que debieron ocurrir a lo largo de esta Última Frontera – en la que vivieron los árabes y beréberes durante largos años, desde el siglo VIII al XII como dominadores, y en otros cinco siglos, del XII al XVII, como mudéjares y moriscos sometidos. Son personajes y realizaciones culturales que debemos rescatar del olvido y que nos pueden proporcionar datos esenciales para comprender ciertos momentos de nuestro devenir histórico común.

Desde el zaguán de mi casa

Me invitan a unirme a este proyecto que hoy ve la luz en esta nueva autopista del saber y del intercambio por la que vamos transitando todos los días a la búsqueda de intercambios, informaciones, opiniones, sensaciones, matices, perspectivas, posicionamientos, etc…y me piden que lo haga en mi condición de arabista, de apasionado por el mundo árabe, para intentar que este portal abra sus puertas a pintores árabe, a muchos de los cuales tengo el placer de conocer.

Al mismo tiempo, trataremos de recorrer las “veredas árabes” de España con el deseo de redescubrir el arte, la memoria, el ingenio, las costumbres, los personajes que por ellas transitaron y dejaron su huella palpable hoy día en campanarios y alminares, en iglesias y mezquitas, en la alfarería y marroquinería, en la talla de la piedra, en las albercas, en el cante y en los instrumentos musicales, en los archivos y bibliotecas,etc…

Por todo ello, y desde mi casa, nuestra casa familiar, que está en el territorio que fue lo que yo denomino “la Última Frontera de Al-Andalus” se abre el ya viejo zaguán para acoger obras de pintores, consagrados algunos, emergentes y quizá desconocidos los más, de aquí y de allí, en un intento de recuperar sensaciones y visiones que inviten a contemplar el quehacer admirable de un arte que a lo largo de los siglos ha sido punto de encuentro y de cita con un pasado común. Pero, no sólo de recuperar sensaciones se trata. Y, como decía antes, queremos recorrer los caminos del arte y del ingenio que a lo largo y ancho de las veredas árabes de nuestra tierra podemos encontrar aún hoy día.

Cierto es que las artes figurativas nunca tuvieron un gran desarrollo en el espacioso mundo del Islam, más por prejuicios sociales que por una prohibición expresa del Corán. No es que éste prohibiera la representación figurativa, sino más bien la idolatría. De ahí que, históricamente, haya habido una escasez real de pintura y escultura, aunque no de manera absoluta: ahí está el arte de la miniatura, persa esencialmente, la epigrafía, de la cerámica, el vidriado, el marfil, la madera utilizada en los alminares, los mihrab de las mezquitas, el recubrimiento interior de cubiertas, artesonados, etc…etc…que aún hoy día perduran en monumentos y objetos de nuestra tierra.

[ Torre mudéjar .Longares. La Kutubia.Marraqech ]

Ciertamente, los árabes comenzaron su andadura artística con una pintura de arraigo arcaico o concentrada en lo político – social. Hoy, sin embargo, se mueve entre lenguajes más acordes con la contemporaneidad, a pesar de que muchas de sus obras se siguen relacionando con importantes eventos de su cultura de origen.

Ayarte pretende ser, también, por estas y otras razones, una cita, un encuentro, una ventana para los pintores árabes y españoles de hoy que siguen esparciendo la semilla de la creatividad, de la re-creación de un pasado que fue, también, hermoso, como modesta contribución al encuentro entre culturas que en otros tiempos se asentaron aquí y que todavía hoy perduran en multitud de palabras, monumentos, costumbres, en ritmos y canciones, en gestos, en formas de expresión…como el ir y el venir continuo de las olas del mar Mediterráneo.

Hoy, nuestra mirada no puede ni debe ser la de la Reconquista o la Jihad. Es evidente. Este Tercer Milenio está marcado por la globalidad, por la permeabilidad de las fronteras, por el ir y venir de gentes de otros mundos, por la superación de prejuicios anclados en nuestra mente, por el ecosistema global de la cordialidad y la solidaridad. Y, quiérase o no, pertenecemos a una tierra que fue lugar de paso y de encuentro, encrucijada de caminos entre al-Andalus y Europa, América y el Mediterráneo. Es una especificidad única, no sólo propia de nuestro país sino de todo el Mediterráneo.

Y, a partir de ahí, una constatación : raros son los hechos determinantes en la historia de la Tierra que no han estado vinculados, de cerca o de lejos, de una u otra manera, al genio mediterráneo. Como escribió Paul Valery “sobre las orillas del Mediterráneo se han puesto en contacto cantidad de poblaciones muy diferentes en temperamento, sensibilidad y capacidad intelectual (…) Gracias a la facilidad de movimiento estos pueblos mantienen relaciones de todo género : guerra, comercio, intercambios, voluntarios o no de cosas, de conocimientos, de métodos; mezclas de sangre, de vocablos, de leyendas o de tradiciones…En ninguna región del mundo se han acercado tanto a una tal variedad de condiciones y de elementos, una riqueza creadora y renovada continuamente”.

Por ello, en nuestra tierra, y también en otros lugares mediterráneos, se dieron cita los alarifes del saber. Se levantaron campanarios y alminares. El barro era moldeado en los alfares para decorar las obras de una arquitectura sin igual. Las almunias eran fertilizadas por las aguas de albercas moras, mientras la cuerda y el grito sintonizaron ritmos evocadores de leyendas, de amores, de tragedias.

“El milagro-señala, el profesor tunecino Abdelwahhad Bouhdiba, reviste también otro aspecto. Algo paradójico pero verdadero; este mar tan particularista ha movido siempre al universo. Aunque las circunstancias hayan sido de historia, es decir, de coyuntura o de azar, el producto ha tenido siempre valor universal. Sin duda cada época conoce la tentación de la embriaguez e incluso la voluntad de hegemonía. Los romanos vieron en el Mediterráneo un “mare nostrum”. El Cristianismo lo unificó para instalar en él “la ciudad de Dios”.El Islam lo convirtió y quiso hacer de él una gran mezquita a la gloria de Dios”.

Quiero terminar con una anécdota del ensayista y escritor egipcio Husayn Munis, que narra en su Rihlat al-Andalus (Viaje a Al-Andalus, 1963) y que me parece resume bien el espíritu con el que vamos a trabajar desde este portal:

“No olvido una escena en el camino de Guadix a Granada, camino campesino que se parece a nuestros caminos rurales. Era el atardecer y yo volvía, cansado, de Iznalloz. Me senté a descansar al borde de la carretera. Desde lejos vi que se iba acercando un campesino montado en su burro; como si de un campesino egipcio se tratase. Su vestimenta parecía una chilaba, y sólo quien se llamase Bestuisi o Awaden podía tener un rostro moreno y arrugado como el de este campesino. Hasta se cubría la cabeza con algo parecido a un turbante. (…) Una vez llegado junto a mi, me miró y me hizo un gesto. Yo me levanté. Me hizo un sitio detrás y me invitó a subirme al burro con él. No dije una sola palabra, ni él tampoco, mientras el burro nos llevaba. Pero en mi interior sentía que aquel hombre era mi pariente, mi pariente desde hacía mucho tiempo. Cuando llegamos al lugar que yo quería, me apeé, mientras él siguió su camino hasta desaparecer por una de las curvas. ¿De dónde venía? ¿Adónde fue? No lo sé. El camino nos juntó. El largo camino de Al-Andalus.

Hasta aquí la anécdota. Su curiosidad, y también la nuestra, se ha quedado insatisfecha. No logró saber adónde marchó aquel campesino. Pero, lo cierto es que ese encuentro le hizo revivir en su imaginario lo que narra la historia o las historias y cuentan las crónicas, de aquel encuentro, quizá casual, quizá impensable, de dos culturas, de dos formas de pensar y de hacer las cosas. Ojalá –bella palabra del árabe- podamos contribuir a descubrir a muchos de los actuales creadores árabes y redescubrir una parte importante del acerbo cultural diseminado por las veredas árabes de España.